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Easter Reflection (Father's Faith Notes: April 4, 2021)

For us in North Carolina, Easter comes at the perfect time of the year. The trees are blossoming, daffodils are flowering, the days are brighter, and everywhere the world around us speaks of new life. This year more than most, the feeling of winter passing and things easing is a welcome sign of hope, as if creation itself were proclaiming that the new start we have longed for is arriving. Thanks be to God, these signs in nature seem to be matched by the long-awaited easing of the pandemic. It is a perfect time to speak of resurrection and new life.

But, as beautiful and welcome as these things are, the hope of the resurrection surpasses them by far. The hope of the resurrection of Jesus is not just the hope we feel in the seasonal return of warm weather, or even the waning of a pandemic, but rather something much deeper than both: it is proof of a love that is stronger than death. In the ups and downs of life, even in the challenges, suffering, and setbacks of a pandemic, the resurrection of Christ gives us a sure foundation because it proclaims God’s victory not just over the sufferings of life but over death itself. It gives us hope, not only of a temporary reprieve or a new start, but of eternal blessing that neither fades nor has an end.

The hope of the resurrection does not depend on sunny days and blue skies but rather roots us in our true home where even sunny days fade by comparison to the glory of God. It is what the Letter to the Hebrews refers to “as an anchor of the soul, sure and firm” (Hebrews 6:19). As an anchor holds a ship fast even when the wind blows, the hope of the resurrection lets us stand firm even when spring fades to the heat of summer and, eventually, winter returns, because we know that too will pass and only love will remain.

So, we rejoice in the beauty of nature, the return of the sun, and the hope of health and normalcy to come. And we rejoice even more that Christ has risen from the dead and that our names are written in heaven (Cf. Luke 10:20).

Happy Easter, and may God bless you!

Fr. Michael


Para nosotros en Carolina del Norte, la Pascua llega en el momento perfecto del año. Los árboles están floreciendo, los narcisos están floreciendo, los días son más brillantes y en todas partes el mundo que nos rodea habla de nueva vida. Este año, más que nunca, la sensación de que el invierno pasa y las cosas se relajan es un signo de esperanza, como si la creación misma proclamara que está llegando el nuevo comienzo que tanto anhelamos. Gracias a Dios, estos signos de la naturaleza parecen coincidir con el tan esperado alivio de la pandemia. Es un momento perfecto para hablar de resurrección y nueva vida.

Pero, por hermosas y bienvenidas que sean estas cosas, la esperanza de la resurrección las supera. La esperanza de la resurrección de Jesús no es solo la esperanza que sentimos en el regreso estacional del sol, o incluso la desaparición de una pandemia, sino algo mucho más profundo: es la prueba de un amor que es más fuerte que la muerte. En los altibajos de la vida, incluso en los desafíos, el sufrimiento y los reveses de una pandemia, la resurrección de Cristo nos da un fundamento seguro porque proclama la victoria de Dios no solo sobre los sufrimientos de la vida, sino sobre la muerte misma. Nos da esperanza, no solo de un respiro temporal o de un nuevo comienzo, sino de una bendición eterna que no se desvanece ni tiene fin.

La esperanza de la resurrección no depende de los días soleados y el cielo azul, sino que nos arraiga en nuestro verdadero hogar, donde incluso los días soleados se desvanecen en comparación con la gloria de Dios. Es a lo que se refiere la Carta a los Hebreos “como ancla del alma, segura y firme” (Hebreos 6, 19). Como un ancla sostiene un barco incluso cuando sopla el viento, la esperanza de la resurrección nos permite mantenernos firmes incluso cuando la primavera se desvanece con el calor del verano y, finalmente, el invierno regresa, porque sabemos que eso también pasará y solo quedará el amor. .

Entonces, nos regocijamos en la belleza de la naturaleza, el regreso del sol y la esperanza de salud y normalidad por venir. Y nos alegramos aún más de que Cristo haya resucitado de entre los muertos y de que nuestros nombres estén escritos en el cielo (cf. Lc 10, 20).

¡Felices Pascuas y que Dios los bendiga!

Padre Miguel

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